Agua que haz de beber

El ganadero que se negó a rendirse

Por Jorge Alanis Zamorano

En el corazón del campo yucateco, donde en tiempos de sequía y el ganado depende de cada gota de agua, hay historias que rara vez llegan a las oficinas, a los escritorios o a las decisiones que se toman lejos del polvo y el calor. Historias reales. Historias de gente que trabaja todos los días para que el campo siga vivo.

“Tuve que vender uno de mis animales para poder salvar a los demás…”

Así comienza el relato de Ricardo Santoyo pequeño ganadero del rancho Zelaya, entre Temax y Dzoncauich, Yucatán. No es una frase exagerada ni un discurso preparado. Es la realidad de miles de productores que enfrentan costos eléctricos imposibles, trámites interminables y una sequía que no da tregua.

Durante años, este pequeño ganadero pagó una tarifa subsidiada de apenas 70 u 80 pesos mensuales por la energía eléctrica que utilizaba para el riego de sus pastizales. Eso le permitía producir, alimentar a su ganado y mantenerse a flote. Pero cuando el subsidio desapareció mientras esperaba la renovación de su concesión agrícola, todo cambió.

La cuenta comenzó a llegar de dos mil pesos al mes. Y eso usando el sistema apenas 4 horas mes.

Mientras tanto, los trámites avanzaban lentamente. Tres años de vueltas, documentos, pagos, requisitos técnicos, formatos por internet y visitas constantes entre oficinas. Tres años intentando demostrar algo evidente: que su rancho no era una empresa millonaria, sino un pequeño negocio familiar que vive del campo.

Y aun así, le seguían pidiendo más.

Más tiempo.
Más papeles.
Más dinero.

Hasta quince mil pesos adicionales para cambiar la tarifa eléctrica a uso agrícola.

Pero el ganado no puede esperar, el campo no puede detenerse.

Fue entonces cuando apareció una alternativa que cambió por completo su manera de trabajar: la energía solar.

Con apoyo y asesoría, decidió invertir en paneles solares para alimentar el sistema de riego de sus pastizales. No fue fácil. Para lograrlo tuvo que vender un animal de su propio hato. Una decisión dura, pero necesaria.

Hoy, la historia es diferente.

Mientras haya sol, hay agua comenta sin empacho.

Y mientras haya agua, hay alimento para el ganado, remata Ricardo su mención ante la satisfacción de seguir adelante.

Los paneles solares comenzaron a trabajar desde el primer día. El sistema riega durante horas continuas, permitiendo mantener el pasto vivo incluso en plena sequía. El ahorro es inmediato y el cambio, evidente.

Antes, cada encendido de la bomba representaba preocupación para Ricardo. Ahora, representa producción.

“…Si no tuviera esto, estaría gastando más en alimento y viendo mi ganado flaco.”, cuenta Ricardo mientras observa el Taiwán verde que hoy alimenta a sus animales.

La transformación no solo es económica. También es emocional. Porque cuando un productor logra recuperar el control de su trabajo, vuelve la tranquilidad, vuelve la esperanza y vuelve la posibilidad de crecer.

No es un caso aislado.

Cada vez más productores en Yucatán están optando por sistemas solares para protegerse de tarifas elevadas, burocracia y la incertidumbre energética. Lo que antes parecía una tecnología lejana, hoy se ha convertido en una herramienta real para seguir produciendo.

El campo necesita soluciones, no obstáculos.

¿Necesita tecnología que funcione en la práctica, accesible, rentable y pensada para quienes trabajan bajo el sol todos los días? Contacte a Eneryuc, ellos sin duda le apoyarán.

Historias como esta demuestran que sí es posible transformar un problema en una oportunidad. Que invertir en energía solar no es un lujo: es una decisión inteligente para reducir costos, asegurar producción y darle estabilidad al rancho.

En tiempos donde producir cuesta más que nunca, quienes ofrecen soluciones reales al campo no solo venden tecnología: ayudan a sostener familias, animales y comunidades enteras.

El campo tiene rostro, tiene voz y hoy, también tiene energía para seguir adelante.

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